La Tierra permanece, de George R. Stewart: el rescate de un clásico



Atención. Redoble de tambores, que hoy toca uno de los grandes.

Si hace unos días me avergonzaba de haber descubierto tan tarde las "Flores para Algernon" de Daniel Keyes, aún más me avergüenza reconocer que jamás había oído hablar de "La Tierra permanece", ni de su autor, George R. Stewart, un tipo que debió ser de lo más singular a juzgar por su currículo: historiador, geógrafo, profesor de inglés en la Universidad de California y vaya usted a saber cuántas cosas más.

En mi descargo he de decir que, pese a que en todas partes figura como uno de los clásicos imprescindibles de la ciencia ficción (subsección fin del mundo), se trata de una obra y de un autor que han caído en un olvido relativo e incomprensible. Por fortuna, la editorial Gigamesh lanzó una reedición de este clásico en 2016, que hasta entonces era virtualmente inencontrable en castellano.

La novela comienza como un clásico relato postapocalíptico ("En esta emergencia cesa desde ahora, excepto en el distrito de Columbia, el Gobierno de los Estados Unidos […] Sintonicen esta emisora, actualmente la única en el norte de California. Les informaremos mientras sea posible."), aunque enseguida se percibe el apabullante dominio del lenguaje del autor. Esto no es, sin embargo, lo que más destaca en esta novela al empezar a leerla. Lo que más destaca es la primera página, esa que precede a las dedicatorias y al prólogo, esa en la que a veces no nos fijamos y donde figura la información del copyright y el ISBN. Ahí es donde uno puede leer que esta obra se publicó originalmente en 1949.

Hace 68 años.

Hace 68 años habían transcurrido solo 4 desde el fin de la II Guerra Mundial. Acababa de triunfar la revolución popular china y Alemania se escindía en dos bloques irreconciliables. Se acababa de descubrir molécula de ADN, no existían los circuitos integrados, no había comenzado la carrera espacial. Los hombres vestían con sombrero y camisa de grandes cuellos y las mujeres llevaban vestidos drapeados de corte militar. España apenas empezaba a sacar cabeza de los años más negros posteriores a la Guerra Civil: aún existían las cartillas de racionamiento, la tasa de mortalidad infantil era del 74 por mil y la esperanza de vida al nacer no superaba los 50 años.

Realmente, 68 años es un montón de tiempo para una novela: el envejecimiento prematuro puede convertirla en una antigualla con la que echarnos unas risas. Pero "La Tierra permanece" parece estar escrita ayer por alguien de nuestra época, y no por un señor que nació en el siglo XIX, y esta es la primera cosa que asombra a poco de empezar su lectura: salvo unos pocos detalles tecnológicos y alguna alusión un poco anacrónica a las discapacidades intelectuales o a las relaciones de género (recuerda: estamos en 1949), la novela podía haberse escrito ayer por la tarde.

La obra está dividida en tres partes de longitud desigual. La primera parte, titulada "Mundo sin fin", es un relato más o menos convencional, aunque endiabladamente adictivo y bien escrito, de la peripecia en un mundo postapocalíptico de nuestro héroe (o antihéroe), Isherwood Williams, más conocido como Ish, un geógrafo solitario a quien el fin del mundo le pilla haciendo un trabajo de campo en mitad de las montañas y que salva la vida de pura chiripa. El relato del viaje de Ish por unos Estados Unidos asolados es convenientemente creíble y desasosegante. Aunque hayas leído historias similares cientos de veces, esta es una de las mejores: por su verosimilitud, por el complejo retrato psicológico del protagonista, por su falta de truculencia gratuita y, sobre todo, por su carácter prometeico. Lo digo otra vez: ¡1949! Y es que, según todas las fuentes que he podido consultar, esta se considera la primera novela postapocalíptica de la historia. En muchos sentidos, todas las que siguieron después están ya aquí, en la primera parte de "La Tierra permanece".

Pero el libro tiene otras dos partes y, si la primera es buena, la segunda es la que eleva a la obra a la categoría de imprescindible. Titulada "El año 22", se desarrolla, como es evidente, 22 años después del Gran Desastre. Stewart se arriesga así a imaginar la nueva sociedad que surge de las cenizas de la civilización, y lo hace con tal convicción que uno no puede dudar de su inevitabilidad. Stewart tenía amplios conocimientos de antropología y los despliega aquí con unas implicaciones turbadoras. Reflexiona (y obliga a reflexionar) sobre multitud de asuntos esenciales acerca de nuestra sociedad y de la propia condición humana, y vuelve a hacerlo con una sencillez y una modernidad desarmante, sin mojigaterías y sin eludir los asuntos peliagudos: la religión, la pena de muerte, el sexo, la poligamia, la educación obligatoria, las formas de gobierno, el estado… Y, por supuesto, la ecología, de cuya divulgación también se considera que "La Tierra permanece" es una obra pionera. Sin moralinas y sin lecciones magistrales: todo fluye con suavidad a través de una trama casi inexistente, tan frágil e irrepetible como una vida humana, aderezada con unos personajes secundarios ("Oh Em, madre de las naciones") inolvidables. A medida que transcurren los años para Ish y los otros supervivientes, la novela alcanza mayor sencillez y a la vez mayor hondura, y se acaba haciendo profundamente emotiva sin caer nunca en el sentimentalismo fácil y sin que el lector -y, sospecho, el propio autor- se hubieran dado cuenta de ello.

Para cuando llega la tercera parte, en realidad un epílogo titulado "El último americano" (cuyo título tiene un significado muy diferente del que puede parecer a primera vista en una obra de género y que, como es lógico, no desvelaré aquí), el lector ya está rendido ante la enormidad de la historia y solo le queda transitar boquiabierto por esta breve, demoledora, definitiva coda, y luego cerrar con lentitud la contraportada sabiendo que, como cada vez que se termina un libro verdaderamente grande, uno ya nunca volverá a ser el mismo.

Comentarios

  1. Muy buena reseña. Estoy de acuerdo en que la novela apenas ha envejecido. La releí hace unos meses y la nueva traducción está a la altura de la obra.

    A mí me parece muy interesante el estilo del autor: neutro, explicativo, poético a ratos y sin altibajos en las 300 páginas. Una pena que esta novela sea su único contacto con el género.

    Un saludo.

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  2. A. M. Vozmediano8/25/2017

    Gracias, Ekaitz.

    Precisamente el otro día tuve ocasión de leer otra estupenda reseña de "La tierra permanece" escrita por Tomás Rivera, y él también destaca, como tú, ese estilo pausado y explicativo, pero en absoluto aburrido, como una de las grandes cualidades diferenciadoras de la novela.

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